Bitcoin (BTC) transita el cierre de 2025 en un contexto macroeconómico que, en apariencia, debería haber impulsado una nueva fase alcista. La inflación en Estados Unidos resultó más baja de lo esperado, la Reserva Federal aplicó su tercer recorte consecutivo de tasas y el Banco de Japón subió el costo del dinero por primera vez en tres décadas sin provocar turbulencias globales. Sin embargo, lejos de una reacción explosiva, el precio de BTC apenas logró un repunte puntual antes de volver a estancarse en el rango que domina el último trimestre del año.
Desde el 18 de diciembre, Bitcoin acumuló una suba cercana al 4% y llegó a rozar nuevamente los 90.000 dólares el 22 de diciembre. El movimiento, no obstante, careció de continuidad. No hubo aceleración parabólica ni entrada masiva de capital nuevo, sino un breve impulso seguido de la misma dinámica errática y lateral que viene caracterizando al mercado desde octubre.
Esta falta de respuesta frente a un entorno macro más benigno plantea una pregunta central para los inversores: si inflación a la baja y recortes de tasas no son suficientes para encender un rally, ¿qué está conteniendo al mercado? La respuesta no está en un único factor, sino en una combinación de datos macroeconómicos imperfectos, rendimientos reales aún restrictivos y fragilidades internas del propio ecosistema de Bitcoin.
El primer matiz aparece al analizar la inflación. El dato de noviembre fue celebrado por los mercados: el índice general se ubicó en 2,7% interanual frente a expectativas del 3,1%, mientras que la inflación subyacente cayó al 2,6%, el nivel más bajo desde 2021. Sin embargo, detrás del titular optimista se esconden distorsiones relevantes. El cierre parcial del gobierno estadounidense impidió la publicación del dato de octubre, lo que obligó a estimar parte de los precios de noviembre en lugar de medirlos directamente.
Componentes clave como alquileres y servicios se construyeron sobre modelos estadísticos y no sobre precios observados en el mercado. Por ese motivo, varios analistas advierten que este informe no puede interpretarse como una señal definitiva de cambio de régimen inflacionario. Desde la propia Reserva Federal se reforzó esa cautela. Funcionarios del organismo señalaron que tanto los datos de inflación como los de empleo siguen afectados por interrupciones estadísticas y que no existe urgencia para profundizar el ciclo de recortes.
Ese mensaje moderado tiene consecuencias directas para los activos de riesgo. Aunque las tasas nominales bajaron, el costo real del dinero continúa elevado. Los rendimientos reales a largo plazo en Estados Unidos se mantienen en torno al 1,9%, muy lejos de los niveles negativos que impulsaron el auge de activos como Bitcoin entre 2020 y 2021. En ese contexto, el atractivo relativo de los activos sin rendimiento, como BTC, se ve limitado.
Además, el fin del ajuste cuantitativo no implicó el regreso de una expansión agresiva del balance de la Reserva Federal. La autoridad monetaria detuvo la reducción de activos, pero dejó claro que cualquier intervención futura apunta a mantener la estabilidad del sistema financiero, no a inyectar liquidez de forma masiva. En términos prácticos, el entorno pasó de ser contractivo a neutral, pero aún está lejos de ser expansivo.
El escenario internacional tampoco aporta un catalizador claro. El Banco de Japón elevó su tasa de referencia hasta 0,75%, marcando el nivel más alto en treinta años. Si bien el movimiento fue absorbido sin sobresaltos, eliminó uno de los pilares que sostuvo durante años las estrategias de financiamiento barato en yenes. Aunque el banco central japonés insistió en un proceso gradual, la posibilidad de futuras subas introduce un factor de riesgo latente que desalienta el uso de apalancamiento en activos globales, incluido Bitcoin.
A estas variables macro se suman problemas internos del mercado cripto. La estructura de liquidez de Bitcoin se ha debilitado progresivamente. Existe una franja significativa de oferta “bajo el agua” entre los 93.000 y los 120.000 dólares, correspondiente a inversores que compraron en niveles más altos y ahora aprovechan cada rebote para reducir pérdidas. Este comportamiento genera presión vendedora recurrente y dificulta la ruptura de resistencias clave.
Al mismo tiempo, la profundidad del mercado se redujo de forma notable hacia el cierre del año. La liquidez disponible para absorber órdenes grandes es menor que a mediados de 2025, justo cuando los flujos hacia productos cotizados comenzaron a volverse erráticos. En lugar de una absorción sostenida por parte de nuevos compradores, los bitcoins circulan entre los mismos actores, sin que ingrese capital fresco capaz de impulsar una tendencia.
En este contexto, el repunte de octubre hasta los 126.000 dólares parece haber adelantado buena parte de las expectativas positivas. Lo que quedó es un mercado más maduro, sensible a las condiciones macro, pero sin el combustible necesario para repetir los movimientos explosivos del pasado.
De cara a 2026, el panorama no es necesariamente bajista, pero sí más exigente. Para que Bitcoin abandone la lateralización será necesario algo más que titulares favorables. O bien una confirmación clara y limpia de la desaceleración inflacionaria, o una verdadera relajación de las condiciones financieras globales, o una entrada genuina de nueva liquidez al ecosistema. Hasta que alguno de esos factores se materialice, el mercado parece condenado a moverse entre expectativas optimistas y una realidad estructural que todavía impone límites.


