La última corrección de Bitcoin no solo dejó titulares alarmantes por la magnitud de la caída, sino que también activó una de las mayores oleadas de compras en retrocesos de todo el ciclo actual. Mientras el precio se desplomaba con fuerza tras una violenta ola de liquidaciones, los datos on-chain comenzaron a mostrar un fenómeno llamativo: una transferencia masiva de monedas hacia direcciones asociadas con tenencia de largo plazo.
El movimiento se produjo en un momento de máxima tensión. Bitcoin cayó hasta la zona de los 60.000 dólares, marcando su nivel más bajo en varios años y su descenso más pronunciado desde el colapso de FTX en 2022. En apenas unos días, el mercado pasó del exceso de apalancamiento a una limpieza abrupta de posiciones, con miles de millones de dólares liquidados en derivados. Posteriormente, el precio logró recuperar terreno y estabilizarse cerca de los 70.000 dólares, pero el daño psicológico ya estaba hecho.
Sin embargo, debajo de la superficie del pánico, comenzaron a aparecer señales de absorción de oferta. El 6 de febrero, direcciones conocidas por acumular Bitcoin sin mostrar patrones de gasto recibieron cerca de 67.000 BTC en un solo día. A precios de mercado, ese movimiento representó alrededor de 4.700 millones de dólares trasladados a carteras que, históricamente, tienden a mantener las monedas fuera de circulación durante largos períodos.
Este tipo de direcciones —conocidas como “acumuladoras”— suelen ser observadas de cerca por analistas porque reflejan comportamientos distintos a los del trading de corto plazo. Cuando reciben grandes volúmenes en poco tiempo, suele interpretarse como una señal de que actores con horizonte largo están absorbiendo la presión vendedora generada por el miedo y las liquidaciones forzadas.
No obstante, el dato exige cautela. Los movimientos on-chain no permiten identificar con certeza quién está detrás de cada transferencia ni cuál fue la motivación exacta. En algunos casos, grandes flujos hacia carteras de acumulación pueden responder a reorganizaciones internas, cambios de custodia o segmentación de fondos, y no necesariamente a compras nuevas en el mercado. Por eso, los analistas suelen mirar más allá del titular y preguntarse si estas entradas persisten en el tiempo o si se trató de un evento aislado posterior al colapso del apalancamiento.
Aun con esas reservas, el tamaño y el momento del movimiento lo convirtieron en una referencia inmediata. Llegó justo después de la fase más aguda de la caída, cuando el mercado buscaba desesperadamente señales de que el suelo podría estar cerca.
Entre los compradores más visibles apareció Strategy, la empresa conocida por su agresiva estrategia de tesorería en Bitcoin. Durante los días más turbulentos, la compañía adquirió más de mil BTC adicionales, invirtiendo cerca de 90 millones de dólares. En términos relativos, la compra es pequeña frente a su posición total, pero su importancia es simbólica: muestra cómo la firma ejecuta su estrategia incluso en medio de un mercado adverso.
El mensaje implícito es claro. Mientras vendedores forzados abandonaban posiciones por falta de margen o gestión de riesgo, algunos grandes jugadores estaban dispuestos a absorber parte de esa oferta y trasladarla a almacenamiento de largo plazo. Esa dinámica suele ser observada en momentos de transición, cuando el mercado pasa del pánico a una fase más reflexiva.
A esta demanda se sumó otro actor con motivaciones distintas: el fondo de protección de usuarios de Binance, conocido como SAFU. En el marco de un proceso de rebalanceo de reservas, el fondo incorporó varios miles de Bitcoin adicionales, transformando stablecoins en BTC como parte de una estrategia operativa. Este tipo de compras no responde a una apuesta direccional clásica, sino a reglas internas de gestión de riesgo y reservas, lo que las convierte en una fuente de demanda menos sensible al precio.
La coexistencia de estas dos corrientes —compras estratégicas y compras operativas— ayuda a explicar por qué el mercado logró frenar la caída pese al entorno negativo. Sin embargo, el panorama no es unánime. Mientras en el mercado spot algunos actores absorben oferta, los productos financieros regulados continúan mostrando salidas.
Los ETF de Bitcoin siguieron registrando reembolsos netos, lo que indica que una parte del capital institucional tradicional todavía está reduciendo exposición. Esta divergencia se ha convertido en una de las características centrales del momento actual: por un lado, monedas que migran a carteras de largo plazo; por otro, inversores que liquidan posiciones a través de vehículos regulados.
En la práctica, el mercado se mueve en una especie de pulseada. La pregunta no es si hay compras, sino si estas serán suficientes y persistentes como para compensar la presión vendedora que aún proviene de canales institucionales. Un solo día de acumulación puede reflejar reposicionamiento tras un shock; una secuencia sostenida puede señalar un cambio más profundo en el equilibrio entre oferta y demanda.
De cara a las próximas semanas, hay tres señales clave a observar. Primero, sí las entradas a carteras de acumulación continúan y las monedas siguen saliendo de los exchanges, lo que indicaría un endurecimiento de la oferta líquida. Segundo, si las salidas de los ETF comienzan a desacelerarse o estabilizarse, lo que podría anticipar un cambio de ánimo entre los inversores tradicionales. Y tercero, si compradores no sensibles al precio, como tesorerías corporativas o fondos de reserva, mantienen un ritmo constante de adquisición.
Por ahora, Bitcoin sigue condicionado por el contexto macro y por el comportamiento general de los activos de riesgo. Pero el episodio reciente deja una enseñanza recurrente en su historia: las caídas más violentas suelen ser también los momentos en los que el activo cambia de manos, pasando del miedo de corto plazo a la convicción de quienes están dispuestos a esperar.


