La inflación en Estados Unidos volvió a ocupar el centro en Nueva York, cuando el dato de enero llegó ligeramente por debajo de lo esperado. El índice general marcó 2,4% interanual, apenas por debajo del 2,5% anticipado por el mercado, mientras que la inflación núcleo —sin alimentos ni energía— se ubicó en 2,5%, exactamente en línea con las previsiones. A primera vista, el número transmite tranquilidad. Pero debajo de esa superficie hay matices que siguen moviendo a los mercados.
En términos mensuales, el índice general subió 0,2% y el núcleo 0,3%. No es un sobresalto, pero tampoco una victoria definitiva. La presión sigue concentrada en sectores muy sensibles para el bolsillo cotidiano. El componente de vivienda volvió a ser el principal impulsor del aumento mensual, mientras que la energía ayudó a moderar el índice gracias a una caída del 1,5%, con la gasolina retrocediendo más del 3%. Sin embargo, otros rubros mostraron movimientos más volátiles: las tarifas aéreas subieron con fuerza y los autos usados bajaron.
A nivel anual, la trayectoria parece ordenada. El índice general bajó desde el 2,7% previo hasta el 2,4%, mientras que el núcleo se mantuvo estable. Pero la experiencia humana de la inflación no se mueve al mismo ritmo que el titular. La vivienda, que aún crece cerca del 3% anual, pesa emocionalmente más que una baja en combustibles. Y esa diferencia entre el dato técnico y la sensación cotidiana también influye en la política monetaria.
La Reserva Federal mantiene una postura prudente. En su reunión de finales de enero decidió sostener la tasa de referencia en el rango de 3,5%–3,75%, señalando que la inflación sigue “algo elevada”. Sin embargo, el dato interesante no fue solo la decisión, sino la votación interna: dos funcionarios prefirieron recortar tasas en ese encuentro. Esa disidencia no cambia la política, pero sí confirma que el debate sobre cuándo comenzar a flexibilizar está activo.
El mercado ahora mira hacia marzo. El próximo dato de inflación se publicará el 11 de marzo, justo antes de la siguiente reunión de la Fed los días 17 y 18. Es un calendario ajustado que convierte cada cifra en una pieza clave del rompecabezas. El consenso interno del banco central proyecta tasas más bajas hacia 2026, con una inflación que regresaría gradualmente al objetivo. Pero el camino no está garantizado.
Una referencia clara para medir la tensión es el rendimiento del bono del Tesoro a dos años. Cuando esa tasa sube, competir con activos de riesgo se vuelve más costoso. Hoy ese rendimiento se mueve en una zona que sigue siendo atractiva para inversores conservadores. Y ahí entra en juego el universo cripto.
El mercado de criptomonedas reacciona con rapidez a cualquier cambio en expectativas de tasas. La razón es simple: la liquidez importa. El ecosistema cripto tiene actualmente una base de stablecoins cercana a los 300.000 millones de dólares. Esa masa de capital funciona como combustible potencial. Cuando la percepción es que las tasas bajarán, parte de ese capital busca mayor rendimiento en activos volátiles. Cuando las tasas lucen atractivas y estables, ese dinero tiende a quedarse quieto.
Tras el dato de inflación, Bitcoin respondió con un rebote intradía significativo, intentando nuevamente acercarse a la zona de los 70.000 dólares. Sin embargo, las dificultades para superar resistencias técnicas muestran que el entusiasmo aún convive con cautela. La macroeconomía sigue marcando el ritmo.
A partir de aquí, pueden delinearse tres escenarios razonables.
El primero es una desaceleración ordenada. La inflación continúa bajando gradualmente, el componente vivienda pierde presión y la Fed se siente cómoda iniciando recortes más adelante en el año. En este entorno, la liquidez mejora y los activos de riesgo tienden a encontrar respaldo.
El segundo escenario es una inflación pegajosa. Los servicios mantienen presión, la vivienda tarda más en ceder y la Fed adopta una postura más prolongada de tasas altas. En ese caso, los rendimientos de corto plazo siguen compitiendo con la renta variable y con crypto, generando movimientos más erráticos y selectivos.
El tercero es un enfriamiento económico más brusco. La inflación cae más rápido de lo previsto, pero el crecimiento también se debilita. Las tasas bajan antes, pero el apetito por riesgo podría atravesar una fase más volátil antes de estabilizarse.
En cualquiera de estos caminos, el comportamiento de la liquidez global será determinante. Los organismos internacionales proyectan un crecimiento moderado para los próximos años, con inflación global en descenso. Pero también advierten sobre valoraciones exigentes en algunos mercados, incluido el cripto.
El mensaje final es sencillo: un 2,4% no cambia el mundo, pero sí ajusta las expectativas. La inflación está más cerca del objetivo que hace un año, pero todavía no está completamente bajo control. La Fed no está apurada, pero tampoco cerró la puerta a futuros recortes.
Entre ahora y marzo, el mercado observará tres cosas: vivienda, rendimientos y flujos de liquidez. Y crypto, como siempre, reaccionará más rápido que el resto.


