Los mercados tiemblan. Las velas rojas dominan los gráficos y la conversación pública gira en torno a recortes de liquidez, tensiones geopolíticas y ciclos electorales que añaden ruido a un entorno ya frágil. En los eventos del sector, desde Hong Kong hasta Dubái, el ambiente oscila entre el realismo prudente y el escepticismo abierto. Hace poco, el fundador de OpenClaw lo resumía con una frase provocadora: “no pierdan el tiempo con cripto”.
La frase incomoda porque toca una fibra real. El capital especulativo se ha retraído. Los titulares ya no celebran rondas récord sino despidos y reestructuraciones. La regulación avanza, pero no siempre al ritmo ni con la claridad que los emprendedores desearían. En Europa, la implementación de nuevos marcos normativos eleva los costes de cumplimiento. En Estados Unidos, la incertidumbre regulatoria sigue condicionando estrategias. En Asia, los flujos de capital son más selectivos y estratégicos.
Sin embargo, quien escucha con atención en los pasillos, en los side events cerrados, en las cenas donde se habla sin micrófono, percibe otra narrativa. Menos épica, más estructural. Los builders siguen construyendo.
Los mercados bajistas no son solo periodos de contracción. Son mecanismos de depuración. Cuando el precio deja de ser protagonista, el foco vuelve a la arquitectura. Se habla menos de multiplicadores y más de seguridad criptográfica, de diseño de gobernanza, de resiliencia de red, de tokenomics sostenibles. La euforia cede terreno a la ingeniería.
En este contexto, proyectos como Quantus, que están apostando por algo que trasciende el ciclo actual: infraestructura blockchain resistente a amenazas cuánticas. Puede no ser el relato más viral, pero sí uno de los más estratégicos. Si la computación cuántica avanza como prevén muchos laboratorios y gobiernos, la seguridad post-cuántica dejará de ser opcional. Construir ahora, en un entorno menos ruidoso, es una decisión de largo plazo.
Algo similar ocurre con Solstice, que trabaja en infraestructura de rendimiento institucional y stablecoins en el ecosistema de Solana. En un momento en que la liquidez es más cautelosa y los reguladores examinan con lupa los modelos de stablecoins, desarrollar estructuras transparentes, con gestión de riesgo robusta y puentes reales hacia finanzas tradicionales no es una apuesta especulativa. Es una construcción paciente de credibilidad.
En los eventos recientes, el cambio de tono es evidente. Menos paneles sobre “la próxima gran subida” y más debates sobre custodia, compliance, admisión de validadores, diseño de tesorerías y coordinación entre agentes automatizados. La conversación ha madurado. Ya no se trata solo de captar usuarios, sino de diseñar sistemas que sobrevivan a auditorías técnicas y regulatorias.
La advertencia del fundador de OpenClaw puede interpretarse como un llamado a no perseguir humo. Si “no perder el tiempo con cripto” significa evitar el oportunismo de corto plazo, entonces quizá el mensaje no es una condena, sino un filtro. En cada ciclo, quienes llegan por la promesa rápida se marchan cuando el viento cambia. Los que permanecen suelen tener otra motivación: construir infraestructura que pueda sostener una década, no una temporada.
La incertidumbre geopolítica añade complejidad. Fragmentación de mercados, competencia tecnológica entre bloques, vigilancia creciente sobre flujos transfronterizos. Pero también genera incentivos para que Estados e instituciones exploren infraestructuras digitales propias, tokenización de activos, sistemas de liquidación más eficientes. El entorno es volátil, sí, pero también fértil para quienes diseñan soluciones reales.
En tiempos alcistas, la visibilidad puede confundirse con valor. En tiempos bajistas, la supervivencia exige coherencia. Los equipos que hoy continúan desarrollando producto, afinando su narrativa regulatoria y fortaleciendo su arquitectura técnica envían una señal clara: no dependen del entusiasmo momentáneo para justificar su existencia.
El mercado puede estar bajista. El sentimiento puede ser escéptico. Los titulares pueden ser adversos. Pero bajo esa superficie se está produciendo algo más interesante que cualquier rebote técnico: una reorganización silenciosa del talento y del capital intelectual.
Porque cuando el ciclo cambie, y cambiará, no despegarán las promesas más ruidosas, sino las estructuras más sólidas. No ganarán quienes optimizaron el discurso, sino quienes optimizaron el diseño.
Tenemos suficientes razones para creer que el bear market no es una pausa. Es una fase de selección. Y mientras algunos cuestionan si vale la pena construir, otros ya están preparando el terreno sobre el que se levantará el próximo capítulo.
En el bear market, los builders no desaparecen. Se concentran. Y construyen.


