Bitcoin no repite precios. Repite comportamientos. Eso es lo incómodo y, a la vez, lo útil. El tablero es otro. El reflejo del capital, no tanto.
2021–2022: cuando cambia el régimen y el precio acusa recibo
En 2021 el mundo estaba entrenado para comprar riesgo. No era una opinión: era un hábito. Tasas cerca de cero, QE a pleno, estímulos fiscales directos y una narrativa tranquilizadora —“la inflación es transitoria”— que funcionó como permiso cultural para apalancarse.
Bitcoin encajó perfecto ahí. Tecnología, promesa monetaria, momentum. Todo alineado.
Pero los mercados no se quiebran cuando el relato se agota. Se quiebran cuando cambia el régimen.
Y ese cambio empezó a gestarse a fines de 2021 y se volvió innegable en 2022: tapering primero, subas agresivas después, QT como drenaje estructural. A eso se le sumó una inflación que dejó de ser estadística y pasó a ser problema político, más la guerra entre Rusia y Ucrania como shock energético definitivo.
En ese escenario, Bitcoin quedó expuesto en lo que realmente era: no un refugio, todavía, sino un activo profundamente sensible a la liquidez. Y cuando el dólar se fortalece y el costo del dinero sube, los activos de duración pagan el precio.
Lo que observamos
2021: euforia, aceleración y la primera trampa
Bitcoin entra a 2021 con una tendencia alcista ya madura. Medias ascendentes, impulsos verticales, correcciones cortas. Todo parecía bajo control.
Pero el gráfico empieza a mostrar algo sutil: cada nuevo máximo exige más esfuerzo y devuelve menos volumen. Dos picos relevantes, una estructura que se estira.
Ahí aparece el primer bull trap. La ruptura que entusiasma… y no continúa. La caída posterior ya no es anecdótica.
No fue debilidad propia. Fue anticipación. El precio empieza a reflejar un mundo que va a ser menos líquido.
2022: la estructura se quiebra
Se pierden medias clave. Se rompen mínimos crecientes. El mercado entra en modo bajista clásico: rebotes técnicos, nuevos mínimos, distribución confirmada.
La macro no ayuda: inflación persistente, guerra, cadenas de suministro tensionadas y una Fed que abandona cualquier ambigüedad. Tasas arriba, QT en marcha.
Bitcoin actúa como lo que era en ese momento: activo de liquidez. El dólar se fortalece, las tasas suben, y el precio sufre.
2023: capitulación y silencio
La capitulación llega cerca de los mínimos. Zona 15–20k.
Después, algo que muchos subestiman: aburrimiento. Volatilidad que cae, lateralización larga, mercado sin relato. Las medias largas dejan de caer y se aplanan.
La macro sigue restrictiva, pero algo cambia en el fondo. Crisis bancaria regional en EE. UU., dudas sobre el sistema. Bitcoin ya no cae pese a que el contexto no es benigno.
Suele pasar ahí. No hace ruido, pero marca giro.
2024: validación del nuevo ciclo
La recuperación se ordena. Máximos y mínimos crecientes. Rupturas limpias. Volumen acompañando al principio.
Aparecen los ETFs spot. El ingreso institucional deja de ser promesa y pasa a ser flujo. Bitcoin vuelve a ser leído como activo estratégico, no solo como trade.
Este tramo se parece más a un 2020 temprano que a un techo. Es expansión primaria.
2025: aceleración… y advertencias
Nuevos máximos, zona 126k. Movimientos rápidos, correcciones más violentas.
El volumen empieza a flaquear. El precio sube, pero cada vez con menos respaldo. Aparece otra trampa alcista: ruptura, fallo, caída hacia zonas clave cerca de 92k.
La macro no acompaña del todo. Tasas altas más tiempo del esperado. Liquidez global estable, no expansiva. Tensiones geopolíticas que no se disipan.
El paralelismo con 2021 incomoda: precios altos, expectativas fuertes, pero menos liquidez real detrás.
¿Qué podría repetirse hacia 2026?
El patrón no es misterioso:
Impulso fuerte → trampa cerca de máximos → corrección profunda pero ordenada → búsqueda de medias largas → reacumulación → reset de expectativas.
Las similitudes están ahí: fatiga de volumen, exceso de confianza, dependencia del discurso monetario.
Las diferencias también: Bitcoin hoy está institucionalizado, la Fed parte de tasas altas y el sistema financiero es más frágil que hace cinco años.
Nada de eso garantiza el resultado. Pero condiciona el recorrido.
Lo que el gráfico no dibuja, pero manda
Liquidez global, posicionamiento institucional, ciclo político en EE. UU., fragilidad fiscal, tensiones comerciales.
Todo eso no aparece en las velas, pero define si una corrección es oportunidad o aviso.
2025–2026: mismo guion, otros actores
La comparación con 2021–2022 no dice “va a pasar lo mismo”. Dice algo más incómodo: la macro volvió a ser el árbitro.
En 2022 la pregunta era cuánto más podía apretar la Fed. Hoy es distinta: si puede aflojar sin reavivar inflación, y si ese afloje llega como normalización o como respuesta a un problema mayor.
Para Bitcoin, esa diferencia es crucial.
Un recorte ordenado suele ayudar a los activos de duración.
Un recorte por emergencia primero alivia, después asusta.
Por eso el mercado se volvió táctico. Menos épica, más tramos. Menos convicción ciega, más espera de confirmación. El capital entra, pero no se casa. Bitcoin lo muestra.
El punto de fondo es incómodo pero honesto: Bitcoin puede estar repitiendo una dinámica estructural. No un colapso, sino una negociación. Un período donde el mercado depura expectativas y se vuelve selectivo.
La pregunta para 2026 no es si sube o baja. Es qué valida el mercado.
Mientras la estructura de largo plazo se sostenga, la pausa puede ser solo eso.
Si se rompe, el déjà vu deja de ser rima y pasa a ser ruptura.
En Bitcoin, el futuro nunca llega por decreto. Llega cuando el mercado acepta algo simple: sin liquidez y sin confirmación, los máximos pesan poco; con estructura y paciencia, las correcciones forman parte del ciclo.

Lo que observamos
