Durante más de una década, el universo de los activos digitales ha estado marcado por una narrativa contradictoria. Por un lado, avances tecnológicos capaces de transformar la infraestructura financiera global; por otro, colapsos sonados, escándalos corporativos y un vaivén regulatorio que terminó por erosionar la confianza pública. En ese contexto, la tokenización quedó atrapada en una percepción distorsionada, asociada más a la especulación que a la eficiencia.
Sin embargo, ese ciclo parece estar llegando a su fin. Lejos de los titulares sensacionalistas, la tokenización ha cruzado un umbral silencioso pero decisivo: ya no es un experimento marginal, sino una pieza emergente de la arquitectura financiera moderna. El desafío actual no es tecnológico, sino narrativo e institucional.
De promesa tecnológica a infraestructura operativa
En términos técnicos, la tokenización consiste en representar activos financieros —como bonos, acciones, fondos o incluso activos del mundo real— mediante registros digitales en blockchain. Este proceso no altera la naturaleza legal del instrumento ni el marco regulatorio que lo rige. Lo que cambia es el “cómo”: la forma en que esos activos se emiten, registran, transfieren y liquidan.
Esa distinción es clave. La tokenización no amplía quién puede invertir ni elimina obligaciones legales. No redefine qué es un valor ni quién está habilitado a adquirirlo. En cambio, moderniza la infraestructura que permite cumplir con esas reglas de manera más eficiente, transparente y escalable.
Los beneficios operativos son claros: liquidaciones más rápidas, menor riesgo de contraparte, reducción de costos administrativos, mayor trazabilidad de la propiedad y la posibilidad de automatizar procesos como pagos de intereses o dividendos mediante contratos programables.
El problema de la percepción en finanzas
En los mercados financieros, la percepción no es un detalle cosmético. Moldea decisiones de inversión, condiciona el accionar de los reguladores y define hasta dónde las instituciones se sienten habilitadas a innovar. En ese sentido, la tokenización todavía arrastra el peso simbólico de los excesos del pasado cripto.
Muchas entidades siguen evaluándola con el lente de colapsos anteriores, cuando en realidad se trata de una mejora en la “plomería” del sistema financiero. Esta confusión genera una brecha entre capacidad real y adopción efectiva. La tecnología está lista, los casos de uso están regulados, pero la cautela reputacional frena decisiones que, desde un punto de vista operativo, ya serían viables.
Por qué la “propiedad fraccionada” no es la verdadera revolución
Uno de los conceptos más repetidos en torno a la tokenización es el de la propiedad fraccionada. Sin embargo, este no representa un cambio legal profundo. Las acciones siempre han sido divisibles y la deuda se ha emitido históricamente en distintos valores nominales. El límite no era jurídico, sino operativo.
Los sistemas tradicionales hacen que la participación granular sea costosa y compleja debido a múltiples capas de intermediación, demoras en la liquidación y elevados costos administrativos. Al registrar la propiedad como una entrada digital verificable que se transfiere casi en tiempo real, la tokenización elimina fricciones que antes volvían inviable ese modelo a gran escala.
Por eso, grandes gestores de activos ya avanzan en productos tokenizados dentro de marcos regulatorios existentes, sin alterar las reglas del juego, pero optimizando su ejecución.
Economías emergentes: adopción por necesidad, no por moda
Mientras en Estados Unidos y Europa el debate sigue girando en torno a clasificaciones y riesgos reputacionales, muchas economías emergentes abordan la tokenización desde una lógica distinta: la utilidad práctica. Allí, el problema no es modernizar un sistema altamente eficiente, sino compensar infraestructuras fragmentadas, lentas o costosas.
Altos costos de financiamiento, demoras en pagos transfronterizos, acceso limitado a activos de liquidación estables y barreras administrativas elevadas son dificultades cotidianas. En ese contexto, la tokenización permite reducir fricciones operativas que inflan el costo real del capital, facilitando el acceso a liquidez global con menos intermediarios y mayor transparencia.
El riesgo competitivo de quedarse atrás
La brecha de percepción en Occidente comienza a transformarse en un riesgo estratégico. Mientras algunas jurisdicciones tratan la tokenización como una herramienta de eficiencia y gestión de riesgos, otras la relegan a la categoría de experimento opcional. Sin embargo, proyecciones recientes estiman que la tokenización de activos financieros y del mundo real podría alcanzar volúmenes de varios billones de dólares hacia el final de la década.
No se trata solo de innovación tecnológica, sino de competitividad sistémica. Los mercados que integren estas infraestructuras con supervisión clara y estándares definidos estarán mejor posicionados para atraer capital y reducir costos estructurales.
Un solo libro contable, múltiples eficiencias
El verdadero poder de la tokenización reside en su capacidad para reemplazar flujos fragmentados por un libro contable único y programable. Distribuciones automáticas, actualización inmediata de registros de propiedad, transferencias sin capas redundantes y cumplimiento normativo embebido en las transacciones dejan de ser aspiraciones teóricas y pasan a ser procesos concretos.
Lo que siempre fue legalmente posible, pero económicamente ineficiente, se vuelve viable.
Del debate a la ejecución
La discusión fundacional sobre la tokenización está cerrándose. La tecnología es madura, la demanda existe y los caminos regulatorios comienzan a clarificarse. El foco se desplaza ahora hacia la ejecución: gobernanza, interoperabilidad y velocidad de implementación.
Entendida como infraestructura y no como ideología, la tokenización invierte la carga de la prueba. Ya no se pregunta si pertenece al sistema financiero, sino cómo desplegarla de forma segura, supervisada y eficiente. Los mercados que lo comprendan antes no solo adoptarán la tokenización: contribuirán a definir el funcionamiento de las finanzas globales en su próxima etapa.


